Tuve la suerte de entrevistar a muchos vecinos de mi ciudad Florencio Varela, que vivieron la década del 20 y del 30, hoy la mayoría ya fallecidos. Dejaron en mí imágenes que casi puedo visualizar como propias, de un tiempo sin demasiadas complicaciones, donde el divertimento pasaba por reunirse a la tarde en la vereda y los chicos a jugar en la calle a la rayuela, o al aro o andar en bicicleta.

En aquel tiempo hoy tan lejanos por varias razones (por el tiempo cronológico y otra porque ya nada de aquella sencillez nos queda) los vecinos festejaban todo lo que podían, cualquier excusa era valida para reunirse, fiestas de San Juan con las clásicas “fogaratas” y por supuesto el Carnaval. Esta fecha no iba a pasárseles por alto.

Según los distintos amigos que entrevisté no existían las grandes comparsas y murgas como las conocemos hoy, sino que la misma gente era la que se disfrazaba y pasaba entre los palcos en sus carros a caballo o en auto, los disfraces se preparaban con un mes de anticipación y entre las amigas decidían que tema representar, podían ser bailarinas clásicas, negras candomberas o geishas.

Pero lo importante del disfraz era cubrirse el rostro y no ser reconocido, así poder realizar más de una picardía bajo el anonimato de un antifaz.

Los autos descapotables de las familias adineradas o de clase media de aquel tiempo que conformaban más del 50 % del total de la población de Varela, se adornaban con flores y guirnaldas, donde iban sentados las señoritas y caballeros lanzando serpentinas o mojándose con Dance Perfume.

En las primeras cuadras de esa calle principal de Varela (hoy peatonal Monteagudo) se disponían unos pequeños palcos sobre las vereda desde allí las familias enteras observaban el espectáculo a pura risa y jarana, bebiendo alguna Bidú Cola, o la clásica “Bolita”, o la infaltable cerveza Quilmes, seguramente despachada por el negocio de los Schiantarelli de la esquina de Juan D Perón y Monteagudo, luego, ya entrada la noche, los pequeños de pantalones cortos a dormir y los mozos y las señoritas a los baile que organizaba el Club «Los Locos que se divierten» enLa Sociedad ItalianaLa Patrióticaen su amplio salón.

El detalle de aquellos tiempo me lo dio una recordada amiga y vecina, María Encarnación Merigo “Nos regalábamos ramitos de flores y muñequitos” me dijo Encarnación, aun a sus 92 años guardaba los muñequitos de acetato, “Venían desnuditos y nosotros le confeccionábamos la ropa” (me supo decir) “Por supuesto que uno se lo regalaba a alguien que cosechaba nuestra simpatía” confesó sonriente.

Al otro díala Monteagudoamanecía cubierta de30 cm. de papel picado, serpentinas y cientos de envases de plomo de Dance Perfume, que aprovechaban los chicos de la época y se lo vendían por unos cuantos centavos al chatarrero.

Así trascurrían los pequeños humildes pero cálidos carnavales de nuestros abuelos, hoy ya no existen los adoquines en las calles y el viejo macadán fue tapado por avenidas con asfaltos, pero no así estas historias que jamás pueden ser enterradas.

Encarnación Merigo nota

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